martes, 29 de junio de 2021
Si supieras, amor, que enamorado (soneto)
miércoles, 23 de junio de 2021
Eres hermosamente un gran vacío (soneto)
que llené con mi espíritu gigante;
de la nada engendré, creador y amante,
otro yo a mi pesar al gusto mío.
Y no tienes maldad. Es tu albedrío
lógica de mi pecho delirante;
breve la eternidad, nulo el instante
que apaciguan al fin mi afán baldío.
No tiene del amor fondo el abismo.
Soy el que más lo ceba en sus desvelos
su deseo minando más profundo.
Y al remate, mi bien, yo soy lo mismo
un proscrito en el Reino de los Cielos
que el postrero al costado de tu mundo.
martes, 22 de junio de 2021
En el tiempo candente de la siega (soneto)
En el tiempo candente de la siega
entre mis dedos vi negras espigas:
eran turbio ciclón de hondas hormigas;
era un ebrio trigal de angustia ciega.
Del secano el confín y de la vega,
éramos sementeras enemigas:
a tu fluir, mis sudores, mis fatigas;
a mi afán, tu ansia de feliz omega.
Flor sin fruto, caricia de mi mano
y labios de inmortal hoja caduca
como furtiva abeja libadora.
Hoz de carne, crepúsculo y verano
de digital cadencia por la nuca
y presagios de muerte segadora.
(Darro, 18 de junio de 2021)
jueves, 3 de junio de 2021
Darropedia
![]() |
| Torres Palenzuela, F. (2021). Darropedia. "Historia, cultura, y tradición como nunca se había contado". Granada: Avicam. |
Darropedia. Es el título que, no sin valentía, ha elegido Francisco Torres Palenzuela para su libro sobre Darro, su pueblo. Y digo que no sin valentía porque hoy el sufijo -pedia, de ilustre ascendencia griega —nos recuerda a la obra de Jenofonte sobre Ciro, titulada posteriormente Ciropedia—, se encuentra lamentablemente devaluado por esa... cosa que hay en Internet, que todos consultamos y que casi nadie utiliza bien, que se llama Wikipedia. Si Wikipedia es a menudo sinónimo de información no suficientemente contrastada o poco fiable, ello se debe mucho más al Wiki- que al -pedia. Por eso, digámoslo claramente: Darropedia no es la Wikipedia de Darro. No, por favor.
¿Qué es, entonces? Darropedia se parece más bien a aquellos libros escolares del pasado, llamados enciclopedias —con el mismo sufijo—, que servían como libro de texto para que muchos hermanos durante muchas décadas aprendiesen los saberes básicos y principales de la cultura. Porque Darropedia contiene, en efecto, un compendio de todo aquello que un darreño con inquietud por las cosas de su propio pueblo debería saber, bien mediante el estudio, bien por experiencia propia, bien por haberlo absorbido de sus mayores con sus raíces vivenciales. Hoy, en un momento en que los saberes están tan profundamente especializados, resulta sorprendente encontrar un libro escrito por un solo autor compentente en tal diversidad de materias: el libro es signo de su voracidad intelectual y de su filiación en esa ancestral línea de maestros que podían hablar de todo porque habían aprendido de todo y de todos; filiación que no sólo se transmite por la sangre —algo evidente en el caso del autor, maestro e hijo de maestro—, sino que constituye una especie de herencia colectiva de la humanidad que se encarna cuando y donde quiere. Aquellos maestros, y no sólo profesores, que eran los mejores aliados y complementos de los padres —aquellos padres, y no sólo progenitores— a la hora de transmitir verdadera sabiduría a los niños y jóvenes; aquellos maestros vocacionales, y no sólo profesionales, que "estaban dispuestos y con los mayores éxitos en sus alumnos, a impartir tanto Química como Matemáticas, te enseñaba a traducir Montesquieu o a César; clases en las que, con sus conocimientos en la materia, unidos a su sencillez, bondad, paciencia, constancia, entrega, vocación y humanidad entera, sabía estimularte, darte el consejo en el momento preciso, así como reprimirte y auparte cuando lo precisabas" (p. 139).
La primera parte del libro se puede describir con el clásico nombre de Geografía en sus distintas variantes: física, humana y económica. Un perfecto curso de Ciencias Sociales aplicado a Darro y a su comarca, de aquellas antiguas Ciencias Sociales en las que aprendíamos cosas reales y útiles en lugar de ideas tendenciosas al arbitrio de los aires políticos del momento. Sigue —cómo no—, la histora, desde los primeros vestigios de cultura material en el Paleolítico hasta el siglo XX, con el detalle —elegantísimo por parte del autor— de dejar unas pocas décadas de margen entre el final de su recorrido histórico y el momento actual —consideraciones actuales reducidas a un cierto pesimismo sobre el futuro no sólo de Darro, sino de los pueblos de esta zona de la provincia granadina, y a unas asépticas tablas con los resultados electorales de la actual época democrática-laocrática en el municipio ofrecidas sin comentario alguno—.
En lo que podríamos denominar tercera parte del libro, sobre la cultura, las costumbres y sus gentes, el maestro —sin desaparecer del todo— deja paso al vecino; el erudito, al testigo; y el estudioso de la localidad al amante del pueblo. Es, sin duda, la parte más personal y deliciosa del trabajo: algo que sólo puede escribir un darreño, y que no se encontrará en ningún trabajo de investigación hecho desde la Universidad. La descripción de los juegos de los niños en las calles y plazas, o de las maniobras de cortejo de los mozos abiertamente en los bailes o sutilmente con la complicidad de las noches de fiesta, revelan una velada pero evidente primera persona con la que fue actor el que es autor ahora. Especialmente emotiva resulta la sección en la que, a partir del nombre de la calle Maestro Torres Quesada, el autor, transformándose de maestro en hijo, "cede" la palabra a su padre, D. Francisco Torres Quesada, maestro a quien Darro debe mucho de lo que es, pues muchos darreños de diversas generaciones fueron educados —que en latín significa "ser encaminados"— por él. La inclusión en este libro de las "Memorias de un maestro rural" y de su discurso con motivo del homenaje de sus antiguos alumnos en Barcelona son un acierto que no alcanzo a ponderar lo suficiente, lo mismo que la galería de fotos con imágenes procedentes del archivo familiar.
Darropedia. "Historia, cultura, y tradición como nunca se había contado". El subtítulo es totalmente veraz. No sólo porque, como afirma Eduardo Ruiz García en el exordio, Darro, al contrario que los demás pueblos de la comarca, no tenía hasta ahora "dedicado un libro" (p. 7), sino también, y sobre todo, por la feliz conjunción que se da en éste entre autor y protagonista; estudio y vivencia; y siempre, amor por su pueblo. Gracias, Paco, por este libro precioso para los darreños de sangre y para los darreños de adopción. Es, sin duda, el libro de un maestro.
miércoles, 31 de marzo de 2021
Atlantis Forum: nuevo foro de Atlantología
He creado un foro para todos aquellos interesados en intercambiar información o resolver dudas sobre el estudio riguroso de la Atlántida: textos de Platón, fuentes egipcias, perspectiva geológica...
Es un foro abierto, que todo el mundo puede leer, pero requiere registro para participar y escribir. El registro es gratuito y muy sencillo.
https://atlantisforum.foroactivo.com
sábado, 27 de marzo de 2021
Las Columnas de Heracles en las fuentes griegas
Una tendencia actual entre ciertos investigadores de la Atlántida es la defensa de localizaciones muy diversas para el lugar llamado "las Columnas de Hércules", tradicionalmente identificadas con el Estrecho de Gibraltar como confín occidental del mundo conocido por los antiguos griegos. Dado que una de las dos referencias geográficas precisas que da Platón para la isla Atlántida es que estaba ante las Columnas de Heracles (cf. Timeo 24e) o más allá de las Columnas (cf. Critias 108e) —la otra es que se encontraba en el piélago Atlántico; cf. Timeo 24e—, el emplazamiento de la isla depende directamente de la situación de las Columnas, de modo que toda hipótesis sobre una Atlántida que no se encuentre en el área del Golfo de Cádiz exige necesariamente una justificación de que la expresión "Columnas de Hércules" puede designar un lugar distinto al Estrecho de Gibraltar.
Los autores que niegan esta identificación entre las Columnas de Heracles y el Estrecho de Gibraltar suelen afirmar que, en realidad, el topónimo "las Columnas de Heracles" no era unívoco en la Antigüedad; bien porque había muchos lugares llamados así, bien porque el lugar así denominado se fue desplazando por el Mediterráneo hacia Occidente a medida que los griegos exploraban territorios más alejados de su patria hacia el oeste, de modo que Gibraltar fue, en realidad, el último lugar conocido como "las Columnas de Heracles", estando las "Columnas" originales en áreas del Mediterráneo Central (cf. O'Connell, 2018) o incluso en el Mar Egeo (cf. Zamarro, 2011).
En realidad esta tendencia no es nueva: ya Estrabón en su Geografía (III,5,5) al hablar sobre la leyenda de la fundación de Cádiz por los tirios nos informa sobre cierta confusión acerca del lugar exacto llamado las Columnas, que oscila entre el Estrecho de Gibraltar, la Ría de Huelva y la propia Cádiz; en todo caso, localidades todas en el área del Estrecho y del Golfo de Cádiz. En otra ocasión profundizaremos en este importante texto de Estrabón, que nos informa sobre la existencia de columnas erigidas y consagradas a Heracles en muchos lugares del mundo, que, una vez desaparecidas, pudieron ser causa de que, en tiempos tardíos, podrían haber dado el nombre de "las Columnas de Heracles" al lugar donde se encontraban.
En esta ocasión lo que haremos será rastrear las fuentes griegas hasta Platón para detectar todas las apariciones de la expresión "las columnas de Heracles" y su versión abreviada "las Columnas" (como topónimo), y así evaluar la presunta ambigüedad de la misma y, a ser posible, establecer el significado preciso de la referencia geográfica proporcionada por el filósofo ateniense.
Homero (s. VIII a. C.)
En la Ilíada y en la Odisea no aparece la expresión.
Himno XV: "A Heracles que, errante primero por la inmensa tierra y por mar". Aunque no menciona la expresión que nos ocupa, sí nos da una primera idea de la magnitud de los viajes de Heracles.
Hesíodo (ss. VIII-VII a. C.). No aparece la expresión.
Líricos griegos arcaicos (700-300 a. C.: fragmentos anónimos, atribuidos a los Siete Sabios de Grecia, obras y fragmentos de Alcmán, Estesícoro, Íbico, Simónides, Alceo, Safo, Anacreonte y otros poetas menores; cf. Rodríguez Adrados, 1980). Se cita un fragmento atribuido a Estesícoro (Poetae Melici Graeci 336 de la edición de Page, 1967) sobre las Columnas de Heracles que no he podido consultar (Rodríguez Adrados, 1980, p. 230).
Esopo (ss. VII-VI a. C.). No aparece la expresión.
Píndaro (m. 538 a. C.). (Píndaro, 1984).
Olímpica III,44: "Pero si lo mejor es el agua, y entre los tesoros el oro lo más apreciado, así Terón ahora, avanzando por sus hazañas hasta el último límite, alcanza desde su casa hasta las columnas de Heracles". Aunque el texto no precisa el lugar, sí establece que las Columnas marcan "el último límite" del muno conocido por los griegos.
Nemea III,20-21: "No es cosa fácil avanzar adelante por la mar intransitable allende las columnas de Heracles". Era creencia común entre los griegos que el mar más allá de las Columnas estaba plagado de monstruos y de peligros.
Ístmica IV,30: "Por su valor alcanzan desde su propia casa a las columnas últimas de Heracles, de suerte que no les cabe ya aspirar a gloria más extensa". Nuevamente las Columnas como confín del mundo.
Fragmento 256: "Hasta las Puertas de Gadira extremas llegó Heracles" (cf. p. 379).
Heródoto (484-425 a. C.). (Heródoto, 1979)
IV, 8, 2: "Geriones, empero, residía lejos del Ponto: tenía su morada en una isla que los griegos denominan Eritía, que se encuentra cerca de Gadira, ciudad ésta situada más allá de las Columnas de Heracles, a orillas del Océano. (Por cierto que, en teoría, pretenden que el Océano tiene su principio en el Levante y que sus aguas rodean toda la tierra, pero de hecho no pueden demostrarlo.)". El Océano al que se refiere Heródoto es la corriente de agua que rodeaba la tierra según la antigua creencia griega, que no podían demostrar, por las que el mar Eritreo (Océano Índico) estaban comunicados con el Océano Atlántico por el sur de Libia (África).
IV, 42, 2-4: "El rey de Egipto Neco fue el primero que lo demostró, ya que, tras interrumpir la excavación del canal que, desde el Nilo, se dirigía al golfo arábigo, envió en unos navíos a ciertos fenicios, con la orden de que, a su regreso, atravesaran las Columnas de Heracles hasta alcanzar el mar del norte y llegar de esta manera a Egipto. Los fenicios, pues, partieron del mar Eritreo y navegaron por el mar del sur. Y cuando llegaba el final del otoño, atracaban en el lugar de Libia en que, en el curso de su travesía, a la sazón se encontraran, sembraban la tierra y aguardaban hasta la siega. Y, una vez recogida la cosecha, reemprendían la navegación, de manera que, cuando habían transcurrido dos años, en el tercer año de travesía doblaron las Columnas de Heracles y arribaron a Egipto". Relato de la circunnavegación de África (en sentido horario) en tiempos del faraón Necao II (610-595 a. C.).
IV, 43, 3-4: "Sataspes se llegó a Egipto, fletó una nave con marineros de esa nacionalidad y se hizo a la mar con rumbo a las Columnas de Heracles. Tras haberlas franqueado y haber doblado el cabo de Libia cuyo nombre es Solunte, puso proa hacia el sur.". La navegación ahora es desde Egipto hacia Occidente. Sólo después de doblar las Columnas y el Cabo Solunte se puede tomar rumbo sur: podemos deducir que Solunte es el Cabo Espartel en el actual Marruecos, y que las Columnas de Heracles son un anterior accidente geográfico destacado que merece ser mencionado como referencia geográfica. Cerca del Cabo Espartel, por cierto, se encuentra la Cueva de Hércules.
IV, 152, 2-3: "Acto seguido, los samios [con su patrón Coleo] partieron de la isla y se hicieron a la mar ansiosos por llegar a Egipto, pero se vieron desviados de su ruta por causa del viento de levante. Y como el aire no amainó, atravesaron las Columnas de Heracles y, bajo el amparo divino, llegaron a Tarteso. Por aquel entonces ese emporio comercial estaba sin explotar". Referencia importantísima que vincula las Columnas como referencia geográfica probablemente última antes de llegar al territorio tarteso, que tenía su área nuclear en el valle bajo del Guadalquivir (cf. Campos Carrasco y Alvar Ezquerra, 2013, p. 652).
IV, 185, 3-186, 1: "En las cercanías de esa masa de sal hay una montaña cuyo nombre es Atlas. Es estrecha y totalmente circular; y tan sumamente elevada que, según dicen, sus cumbres no pueden divisarse, pues nunca, ni en verano ni en invierno, las abandonan las nubes. Los lugareños afirman que esa montaña es la columna del cielo. Dicha montaña ha dado su nombre a tales individuos; pues, efectivamente, se llaman atlantes. Y por cierto que, según cuentan, no se alimentan de ningún ser vivo, ni tienen visiones en sueños. Hasta los citados atlantes, en suma, puedo enumerar los nombres de los pueblos que están establecidos en la faja arenosa; pero, más allá de los atlantes, me resulta imposible. Y eso que la faja arenosa se extiende hasta las Columnas de Heracles e incluso más allá de las mismas. Y en dicha zona, a intervalos de diez días de camino, hay un yacimiento de sal y gentes que lo habitan. Por cierto que, como en esas regiones de Libia ya no llueve, las casas de todas esas gentes están construidas con bloques de sal, dado que, si lloviera, las paredes, al ser de sal, no podrían tenerse en pie. La sal que en esa zona se extrae del subsuelo es de un color blanco o bien rojizo. Más allá de la faja arenosa en cuestión, hacia el sur y en dirección al interior de Libia, el terreno es desértico y carece de agua, de animales, de lluvia y de árboles; y en toda su extensión no hay el menor rastro de humedad. Así pues, desde Egipto hasta el lago Tritónide, los libios son nómadas que comen carne y beben leche". Sitúa las Columnas en el extremo occidental de la Cordillera del Atlas. He prolongado la cita más allá de la referencia a las Columnas porque contiene dos datos interesantes desde el punto de vista atlantológico: la referencia a los colores rojizo y blanco de la sal, que nos recuerda a las rocas blancas, rojas y negras de Critias 116a-b, y la mención del lago Tritónide, que nos remite a una moderna propuesta de la Atlántida en la región occidenteal de Marruecos (cf. Papamarinopoulos, 2010, pp. 385 ss.).
IV, 196, 1: "Los cartagineses cuentan también la siguiente historia: en Libia, allende las Columnas de Heracles, hay cierto lugar que se encuentra habitado".
Tucídides (s. V a. C.). No aparece la expresión.
Tragediógrafos (Esquilo, ss. VI-V a. C.; Sófocles, 496-406 a. C.; Eurípides, c. 484 ó 480-406 a. C.)
Esquilo y Sófocles: no aparece la expresión.
Eurípides: Hipólito vv. 3-4: "De cuantos habitan entre el Ponto y los confines del Atlas" (Eurípides, 1991). Expresión indirecta para mencionar los límites del mundo conocido: el Ponto Euxino (el Mar Negro) y el Atlas (la cordillera marroquí).
Aristófanes (444-385 a. C.). No aparece la expresión.
Isócrates (436-338 a. C.). (Isócrates, 1980).
A Filipo (V), 112: "Tras esto, mató a todos los reyes de los pueblos que habitan una y otra ribea del continente. Y no los habría podido tomar si no se hubiera impuesto sobre su poder. Cuando realizó estas hazañas, levantó las columnas llamadas de Heracles, trofeo sobre los bárbaros, recuerdo de su virtud y de los peligros corridos, y límites del territorio griego.". Una vez más, las Columnas como límite del mundo conocido para los griegos.
Panatenaico (XII), 250 : "Ahora, sin embargo, creo que la mayoría de los espartiatas se mantienen en las mismas costumbres de antes y que no prestarán mayor atención a las palabras aquí escritas que a lo que se dice fuera de las columnas de Heracles." (En nota: Mediante esta ironía (las columnas de Heracles para un griego representan el fin del mundo) se critica duramente la indiferencia espartana hacia la cultura). Nuevamente las Columnas como el límite del mundo conocido y, aun más, del mundo bárbaro.
Platón (c. 427-347 a. C.)
Fedón (109a-b): "Luego, además, de que es algo inmenso —dijo—, y de que nosotros, los que estamos entre las columnas de Heracles y el Fasis, habitamos en una pequeña porción, viviendo en torno al mar como hormigas o ranas en torno a una charca, y en otras partes otros muchos habitan en muchas regiones semejantes." (Platón, 1986). Aquí Platón ofrece como confines del mundo conocido, en torno al Mediterráneo —considerado como una charca—, el río Fasis a oriente (el actual río Rioni en Georgia) y las Columnas de Heracles en occidente.
Timeo (24e): "En aquella época, se podía atravesar aquel océano dado que había una isla delante de la desembocadura que vosotros, así decís, llamáis columnas de Heracles." (Platón, 1992). Primera referencia geográfica atlantológica: la isla delante de las Columnas.
Critias (108e): "Ante todo recordemos que el total de años transcurridos desde que se dice que estalló la guerra entre los que habitaban más allá de las columnas de Heracles y todos los que poblaban las zonas interiores, es de nueve mil; ahora debemos narrarla en detalle" (Platón, 1992). Segunda referencia geográfica atlántológica: la isla más allá de las Columnas.
Critias (114b): "Al gemelo que nació después de él, al que tocó en suerte la parte extrema de la isla, desde las columnas de Heracles hasta la zona denominada ahora en aquel lugar Gadirica, le dio en griego el nombre de Eumelo, pero en la lengua de la región, Gadiro. Su nombre fue probablemente el origen del de esa región" (Platón, 1992). Tercer texto geográfico atlantológico, que conecta las Columnas con el lugar de Gadiro.
(Nota: en esta publicación iremos añadiendo cuantas referencias a las Columnas de Heracles vayan llegando a nuestro conocimiento a partir de hoy; si algún lector puede proporcionar alguna a través de los comentarios, se agradecerá).
Leída toda esta colección de menciones de las Columnas de Heracles en las fuentes griegas anteriores a Platón, parece más que razonable rechazar la hipótesis de que la expresión "Columnas de Heracles" aludía en tiempos antiguos (anteriores a Platón) a lugares distintos del Estrecho de Gibraltar. Esperamos que, vistas estas fuentes, en adelante no se dude de que para los atenienses del tiempo de Platón la expresión "las Columnas de Heracles" o, simplemente, "las Columnas", aludía al último confín occidental del Mediterráneo, es decir, lo que hoy conocemos como Estrecho de Gibraltar.
Referencias: https://perijoresis.blogspot.com/p/bibliografia.html
jueves, 25 de marzo de 2021
Joining the dots

O'Connell, T. (2018). Joining the dots. Plato's Atlantis in the Central Mediterranean. Edición Kindle.
Joining the dots. Plato's Atlantis in the Central Mediterranean (edición en Kindle) es un libro que, como su propia portada indica, trata de argumentar la tesis de la localización mesomediterránea de la isla Atlántida mediante lo que el autor llama ballance of probabilities, que podríamos traducir aproximadamente como argumentación convergente. La argumentación convergente es una metodología muy empleada en disciplicnas humanísticas como la Teología: se trata de reunir una serie de pruebas a favor de una tesis, cada una de las cuales, por sí sola, no es concluyente, pero su conjunto ofrece un alto grado de certeza porque todas ellas apuntan hacia la misma conclusión. Se parece mucho a la fase inductiva de las ciencias experimentales, aunque en el caso de la Atlántida no sea posible pasar a la fase deductiva.
El autor, Tony O'Connell, es el responsable de ese portal llamado https://atlantipedia.ie que reúne una cantidad muy notable ya de referencias bibliográficas sobre el estudio de la Atlántida. Y el libro que nos ocupa tiene mucho de eso: uno de sus rasgos más positivos es que está muy bien documentado, ofreciendo los puntos de vista y las teorías que una gran variedad de autores han emitido sobre la Atlántida. Se ocupa, incluso —dejando claro su escepticismo—, de aquellas opiniones basadas en revelaciones espirituales o psíquicas que, aunque no pueden ser aceptadas en un estudio científico de la Atlántida, sí merecen ser mencionadas de vez en cuando, en mi opinión, porque —nos guste menos o nos guste nada— forman parte del tratamiento del asunto que se ha hecho en los últimos siglos, y su mención y calificación como fantasías pueden ayudar a desterrar ciertas creencias sobre la Atlántida que, de otro modo, podrían colarse entre otras fuentes serias y fiables y ser fuente de errores. No está mal tenerlas siempre a la vista.
Muy intersante la clasificación que hace de los estudiosos de la Atlántida en tres grupos:
a) Los fundamentalistas, que hacen una interpretación al pie de la letra de los textos platónicos.
b) Los racionalistas, que no obvian las contradicciones y anomalías de los textos de Platón, sino que trata de explicarlas satisfactoriamente.
c) Y los fantasiosos, que aceptan toda clase de teorías disparatadas o sin fundamento alguno.
O'Connell trata de situar su investigación en el segundo grupo. Una de las partes más valiosas de su libro consiste en el repaso de los principales elementos que el Critias menciona y su valoración a través de la comparación entre diversas teorías ya conocidas y las investigaciones del autor, que aporta sus propios datos y conclusiones. En este sentido, el libro es —igual que la web bibliográfica— un apreciable compedio de discusión sobre el asunto de la Atlántida.
No descubrimos ningún secreto si decimos que el autor sitúa la Atlántida en el Meditérraneo Central —basta ver y leer la portada del libro—, de Modo que Malta y sus pequeñas islas vecinas, como Lampedusa o Pantelleria, serían los restos todavía emergidos de la isla. Para fundamentar esta localización aporta, como ya dijimos, una serie de pruebas ninguna de ellas concluyente por separado, pero organizadas como una argumentación convergente.
Sin embargo, de entre todas estas pruebas hay una especialmente problemática porque concierne a la única —y, por tanto, de valor incalculable— localización geográfica que proporciona Platón para la isla: las Columnas de Heracles. El autor niega que las Columnas de Heracles a las que se refiere Platón sean el Estrecho de Gibraltar, pues afirma que esta identificación es relativamente tardía (no anterior a Eratóstenes); que los griegos del tiempo de Platón apenas se habían aventurado más allá del Mediterráneo Central navegando hacia Occidente, y que el Mar Tirreno era denominado Piélago Atlántico. La argumentación converge, pues, en una isla Atlántida situada en el Mediterráneo Central ante las Columnas de Heracles del Estrecho de Mesina o algún lugar cercano. O'Connell parece ignorar las valiosas precisiones que ya hizo Díaz-Montexano en Las muchas "Columnas de Hércules" y otras falsedades sobre la Atlántida acerca de la diferencia que hay entre la existencia en la Antigüedad de columnas votivas o altares consagrados a Heracles o a Melkart en muchos puntos del Mediterráneo y de sus riberas, por un lado, y el que determinado lugar se llame "las Columnas de Heracles".
Heinz-Günther Nesselrath en su artículo How Not to Join the Dots. Remarks on a Flawed Recent Attempt to Locate Atlantis ha hecho una crítica radical del libro de O'Connel. Además de señalar algunos errores objetivos, fruto del desconocimiento de la lengua griega por parte del autor, el cual, consecuentemente, no puede acudir al texto griego que nos ha llegado de los Diálogos platónicos, y tiene que valerse de traducciones no siempre buenas —aunque suele comparar varias— y de las opiniones de autores que no siempre son filólogos —es una de las dos grandes deficiencias del libro; en seguida hablaremos de la segunda—, Nesselrath parece señalar como principal defecto de O'Connell su conocimiento superficial de la cultura clásica y de la historia antigua.
O'Connell contestó pormenorizadamente a las observaciones de Nesselrath, que le parecen de una quisquillosidad excesiva —¿desde cuándo ser quisquilloso es un defecto metodológico para un investigador riguroso?—: su respuesta puede leerse en la propia Atlantipedia.
A nuestro juicio, la otra gran deficiencia de este libro —por otra parte bastante recomendable, comparado con la mayoría de publicaciones actuales sobre la Atlántida— es que, aun sin caer en el fundamentalismo textual, considera el relato de Platón como el testimonio de alguien que, de modo imparcial, quiere transmitir una realidad con el mismo espíritu, digamos, con el que un naturalista del siglo XVIII describe los animales o las plantas. Es ésta una deficiencia compartida con la inmensa mayoría de estudiosos de los textos platónicos sobre la Atlántida, que esperan encontrar en la localización que proponen las ruinas de unos canales circulares, de un templo de Poseidón, de unos muelles y dársenas... según la descripción de Critias. Pero esto es un tremendo error: Platón era un idealista que explicaba la realidad en función de aquellos principios racionales que le parecían los más acertados, a diferencia de Aristóteles, quien no desdeñaba la observación directa o indirecta de la realidad como paso previo para sus formalismos: en efecto, el acercamiento de O'Connell —y de la mayoría de estudiosos de la Atlántida platónica— parace más una exégesis de Aristóteles que del desengañado teorizador de la política ateniense. Tener en cuenta la intención política de Platón al escribir el Timeo y el Critias no supone caer necesariamente en el escepticismo y en la negación de toda posibilidad de un sustrato físico de la historia de la Atlántida.
En cualquier caso, y accediendo a la obra con oportuno espíritu crítico, creo que se trata de un libro realmente recomendable, a pesar de que no compartamos el resultado de su argumentación convergente.
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Torres Palenzuela, F. (2021). Darropedia. "Historia, cultura, y tradición como nunca se había contado" . Granada: Avicam. Dar...
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