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martes, 1 de marzo de 2022

El alma apacible de Face Retama

Amezcua Morillas, M. (2021).  El alma apacible de Face Retama.  Alquería de la Condesa (Valencia): Alféizar.

Comencé a leer El alma apacible de Face Retama el mismo día en que Rusia invadió Ucrania.  Quizá por eso los personajes de esta novela de Manuel Amezcua Morillas se me volvieron especialmente vívidos y significativos.  Pues se trata de una novela ambientada en los años posteriores a la toma de Guadix y de Granada.  El narrador es un diplomático musulmán que accedió a bautizarse con el nombre de Hernán Valle, y que ejerció su mediación antes, durante y después de la guerra.  Como antagonista, otro musulmán, también de nombre Abraham, que "optó por lo que hoy llamaríamos sabotaje terrorista".

Más allá de la dolorosa circunstancia bélica actual, la novela parece articularse en torno a varias polaridades, hecho que la dota de un interés muy especial.  Una polaridad es la que ya hemos mencionado: la que se da entre el protagonista —la diplomacia— y su antagonista —la violencia—.  Otra surge de la inevitable identificación a la que el lector es llamado: si no la toma de partido por el moro o por el cristiano —algo hoy fácilmente evitable para muchos—, sí la opción a favor del agresor o del agredido —opción que, por cierto, no es evidentemente automática sin más, a poco que se profundice con detenimiento en la terrible, trágica fractura que todo ser humano moralmente responsable encuentra entre la ética personal y la ética política al menos desde la Antígona de Sófocles—.

La tercera es una sabrosa cuestión de estilo: el hecho de que esté escrita con un lenguaje que intenta deliberadamente imitar el castellano antiguo produce una interesante sensación de extrañamiento, como si fuese algo de otra época, algo ya superado, algo ajeno al hombre actual, cuando, como acabamos de decir en la segunda polaridad, el tema que se trata constituye, muy probablemente, uno de los universales del espíritu humano.  Me parece que esta discordancia dota a la novela de una tensión especialmente lograda, y que se encontraba irónicamente oculta ya en el título: de "apacible", nada de nada.

¿Qué clase de novela es "El alma apacible de Face Retama"?  Es bastante acertado calificarla como una novela histórica —con perdón y sin sentido peyorativo—.  El mismo autor, en el preámbulo que coloca al frente de la narración, nos da la pista clave: "Yo los he hecho íntimos [a los personajes de Abraham el Aceyte y Abraham el Gerbí, protagonista y antagonista, respectivamente]" (p. 9) y "Ahora, dejemos que la ficción ayude a la realidad..., acaso, la naturaleza, en verdad imite al arte" (p. 10).  Estas palabras son un serio aviso que no debe menospreciarse: arte y naturaleza no pueden, no deben identificarse sin más, como hace el realismo artístico insensato, falacia que está en la base de la actual novela histórica —ahora sin perdón y con sentido peyorativo—.  Así que novela histórica, pero muy digna y muy saneada, nada que ver los éxitos editoriales de nuestros días que todos conocemos aunque no todos hayamos leído, y que han sido graciosamente definidos como los apócrifos de la posmodernidad (M. J. Guevara Llaguno (2012).  Los apócrifos posmodernos.  Zaragoza: Khaf).

Posmodernidad que, por cierto, aporta un factor más de tensión en la tercera polaridad a la que aludíamos antes: sensación de extrañamiento producida por el artificio del lenguaje, pero sensación de cercanía por el tratamiento de los dos personajes principales; el uno un fanático y el otro un —diríamos hoy— un indiferente a nivel religioso.  Dos rasgos muy propios de la posmodernidad: el segundo, de la posmodernidad clásica, la de Lyotard, y de la posmodernidad actual el primero.  Una mirada posmoderna, por tanto, con lenguaje arcaizante: una nueva fuente de tensión.

Por tanto, de "apacible", nada de nada; pero sí de apetecible y de recomendable.  Gracias, Manuel.


jueves, 3 de junio de 2021

Darropedia

 

Torres Palenzuela, F. (2021).  Darropedia.  "Historia, cultura, y tradición como nunca se había contado".  Granada: Avicam.

Darropedia.  Es el título que, no sin valentía, ha elegido Francisco Torres Palenzuela para su libro sobre Darro, su pueblo.  Y digo que no sin valentía porque hoy el sufijo -pedia, de ilustre ascendencia griega —nos recuerda a la obra de Jenofonte sobre Ciro, titulada posteriormente Ciropedia—, se encuentra lamentablemente devaluado por esa... cosa que hay en Internet, que todos consultamos y que casi nadie utiliza bien, que se llama Wikipedia. Si Wikipedia es a menudo sinónimo de información no suficientemente contrastada o poco fiable, ello se debe mucho más al Wiki- que al -pedia.  Por eso, digámoslo claramente: Darropedia no es la Wikipedia de Darro.  No, por favor.

¿Qué es, entonces?  Darropedia se parece más bien a aquellos libros escolares del pasado, llamados enciclopedias —con el mismo sufijo—, que servían como libro de texto para que muchos hermanos durante muchas décadas aprendiesen los saberes básicos y principales de la cultura.  Porque Darropedia contiene, en efecto, un compendio de todo aquello que un darreño con inquietud por las cosas de su propio pueblo debería saber, bien mediante el estudio, bien por experiencia propia, bien por haberlo absorbido de sus mayores con sus raíces vivenciales.  Hoy, en un momento en que los saberes están tan profundamente especializados, resulta sorprendente encontrar un libro escrito por un solo autor compentente en tal diversidad de materias: el libro es signo de su voracidad intelectual y de su filiación en esa ancestral línea de maestros que podían hablar de todo porque habían aprendido de todo y de todos; filiación que no sólo se transmite por la sangre —algo evidente en el caso del autor, maestro e hijo de maestro—, sino que constituye una especie de herencia colectiva de la humanidad que se encarna cuando y donde quiere.  Aquellos maestros, y no sólo profesores, que eran los mejores aliados y complementos de los padres —aquellos padres, y no sólo progenitores— a la hora de transmitir verdadera sabiduría a los niños y jóvenes; aquellos maestros vocacionales, y no sólo profesionales, que "estaban dispuestos y con los mayores éxitos en sus alumnos, a impartir tanto Química como Matemáticas, te enseñaba a traducir Montesquieu o a César; clases en las que, con sus conocimientos en la materia, unidos a su sencillez, bondad, paciencia, constancia, entrega, vocación y humanidad entera, sabía estimularte, darte el consejo en el momento preciso, así como reprimirte y auparte cuando lo precisabas" (p. 139).

La primera parte del libro se puede describir con el clásico nombre de Geografía en sus distintas variantes: física, humana y económica.  Un perfecto curso de Ciencias Sociales aplicado a Darro y a su comarca, de aquellas antiguas Ciencias Sociales en las que aprendíamos cosas reales y útiles en lugar de ideas tendenciosas al arbitrio de los aires políticos del momento.  Sigue —cómo no—, la histora, desde los primeros vestigios de cultura material en el Paleolítico hasta el siglo XX, con el detalle —elegantísimo por parte del autor— de dejar unas pocas décadas de margen entre el final de su recorrido histórico y el momento actual —consideraciones actuales reducidas a un cierto pesimismo sobre el futuro no sólo de Darro, sino de los pueblos de esta zona de la provincia granadina, y a unas asépticas tablas con los resultados electorales de la actual época democrática-laocrática en el municipio ofrecidas sin comentario alguno—.

En lo que podríamos denominar tercera parte del libro, sobre la cultura, las costumbres y sus gentes, el maestro —sin desaparecer del todo— deja paso al vecino; el erudito, al testigo; y el estudioso de la localidad al amante del pueblo.  Es, sin duda, la parte más personal y deliciosa del trabajo: algo que sólo puede escribir un darreño, y que no se encontrará en ningún trabajo de investigación hecho desde la Universidad.  La descripción de los juegos de los niños en las calles y plazas, o de las maniobras de cortejo de los mozos abiertamente en los bailes o sutilmente con la complicidad de las noches de fiesta, revelan una velada pero evidente primera persona con la que fue actor el que es autor ahora.  Especialmente emotiva resulta la sección en la que, a partir del nombre de la calle Maestro Torres Quesada, el autor, transformándose de maestro en hijo, "cede" la palabra a su padre, D. Francisco Torres Quesada, maestro a quien Darro debe mucho de lo que es, pues muchos darreños de diversas generaciones fueron educados —que en latín significa "ser encaminados"— por él.  La inclusión en este libro de las "Memorias de un maestro rural" y de su discurso con motivo del homenaje de sus antiguos alumnos en Barcelona son un acierto que no alcanzo a ponderar lo suficiente, lo mismo que la galería de fotos con imágenes procedentes del archivo familiar.

Darropedia.  "Historia, cultura, y tradición como nunca se había contado".  El subtítulo es totalmente veraz.  No sólo porque, como afirma Eduardo Ruiz García en el exordio, Darro, al contrario que los demás pueblos de la comarca, no tenía hasta ahora "dedicado un libro" (p. 7), sino también, y sobre todo, por la feliz conjunción que se da en éste entre autor y protagonista; estudio y vivencia; y siempre, amor por su pueblo.  Gracias, Paco, por este libro precioso para los darreños de sangre y para los darreños de adopción.  Es, sin duda, el libro de un maestro.

jueves, 25 de marzo de 2021

Joining the dots

O'Connell, T. (2018). Joining the dots. Plato's Atlantis in the Central Mediterranean.  Edición Kindle.

Joining the dots. Plato's Atlantis in the Central Mediterranean
(edición en Kindle) es un libro que, como su propia portada indica, trata de argumentar la tesis de la localización mesomediterránea de la isla Atlántida mediante lo que el autor llama ballance of probabilities, que podríamos traducir aproximadamente como argumentación convergente.  La argumentación convergente es una metodología muy empleada en disciplicnas humanísticas como la Teología: se trata de reunir una serie de pruebas a favor de una tesis, cada una de las cuales, por sí sola, no es concluyente, pero su conjunto ofrece un alto grado de certeza porque todas ellas apuntan hacia la misma conclusión.  Se parece mucho a la fase inductiva de las ciencias experimentales, aunque en el caso de la Atlántida no sea posible pasar a la fase deductiva.

El autor, Tony O'Connell, es el responsable de ese portal llamado https://atlantipedia.ie que reúne una cantidad muy notable ya de referencias bibliográficas sobre el estudio de la Atlántida.  Y el libro que nos ocupa tiene mucho de eso: uno de sus rasgos más positivos es que está muy bien documentado, ofreciendo los puntos de vista y las teorías que una gran variedad de autores han emitido sobre la Atlántida.  Se ocupa, incluso —dejando claro su escepticismo—, de aquellas opiniones basadas en revelaciones espirituales o psíquicas que, aunque no pueden ser aceptadas en un estudio científico de la Atlántida, sí merecen ser mencionadas de vez en cuando, en mi opinión, porque —nos guste menos o nos guste nada— forman parte del tratamiento del asunto que se ha hecho en los últimos siglos, y su mención y calificación como fantasías pueden ayudar a desterrar ciertas creencias sobre la Atlántida que, de otro modo, podrían colarse entre otras fuentes serias y fiables y ser fuente de errores.  No está mal tenerlas siempre a la vista.

Muy intersante la clasificación que hace de los estudiosos de la Atlántida en tres grupos:

    a) Los fundamentalistas, que hacen una interpretación al pie de la letra de los textos platónicos.

    b) Los racionalistas, que no obvian las contradicciones y anomalías de los textos de Platón, sino que trata de explicarlas satisfactoriamente.

    c) Y los fantasiosos, que aceptan toda clase de teorías disparatadas o sin fundamento alguno.

O'Connell trata de situar su investigación en el segundo grupo.  Una de las partes más valiosas de su libro consiste en el repaso de los principales elementos que el Critias menciona y su valoración a través de la comparación entre diversas teorías ya conocidas y las investigaciones del autor, que aporta sus propios datos y conclusiones.  En este sentido, el libro es —igual que la web bibliográfica— un apreciable compedio de discusión sobre el asunto de la Atlántida.

No descubrimos ningún secreto si decimos que el autor sitúa la Atlántida en el Meditérraneo Central —basta ver y leer la portada del libro—, de Modo que Malta y sus pequeñas islas vecinas, como Lampedusa o Pantelleria, serían los restos todavía emergidos de la isla.  Para fundamentar esta localización aporta, como ya dijimos, una serie de pruebas ninguna de ellas concluyente por separado, pero organizadas como una argumentación convergente.

Sin embargo, de entre todas estas pruebas hay una especialmente problemática porque concierne a la única —y, por tanto, de valor incalculable— localización geográfica que proporciona Platón para la isla: las Columnas de Heracles.  El autor niega que las Columnas de Heracles a las que se refiere Platón sean el Estrecho de Gibraltar, pues afirma que esta identificación es relativamente tardía (no anterior a Eratóstenes); que los griegos del tiempo de Platón apenas se habían aventurado más allá del Mediterráneo Central navegando hacia Occidente, y que el Mar Tirreno era denominado Piélago Atlántico.  La argumentación converge, pues, en una isla Atlántida situada en el Mediterráneo Central ante las Columnas de Heracles del Estrecho de Mesina o algún lugar cercano.  O'Connell parece ignorar las valiosas precisiones que ya hizo Díaz-Montexano en Las muchas "Columnas de Hércules" y otras falsedades sobre la Atlántida acerca de la diferencia que hay entre la existencia en la Antigüedad de columnas votivas o altares consagrados a Heracles o a Melkart en muchos puntos del Mediterráneo y de sus riberas, por un lado, y el que determinado lugar se llame "las Columnas de Heracles".

Heinz-Günther Nesselrath en su artículo How Not to Join the Dots. Remarks on a Flawed Recent Attempt to Locate Atlantis ha hecho una crítica radical del libro de O'Connel.  Además de señalar algunos errores objetivos, fruto del desconocimiento de la lengua griega por parte del autor, el cual, consecuentemente, no puede acudir al texto griego que nos ha llegado de los Diálogos platónicos, y tiene que valerse de traducciones no siempre buenas —aunque suele comparar varias— y de las opiniones de autores que no siempre son filólogos —es una de las dos grandes deficiencias del libro; en seguida hablaremos de la segunda—, Nesselrath parece señalar como principal defecto de O'Connell su conocimiento superficial de la cultura clásica y de la historia antigua.

O'Connell contestó pormenorizadamente a las observaciones de Nesselrath, que le parecen de una quisquillosidad excesiva —¿desde cuándo ser quisquilloso es un defecto metodológico para un investigador riguroso?—: su respuesta puede leerse en la propia Atlantipedia.

A nuestro juicio, la otra gran deficiencia de este libro —por otra parte bastante recomendable, comparado con la mayoría de publicaciones actuales sobre la Atlántida— es que, aun sin caer en el fundamentalismo textual, considera el relato de Platón como el testimonio de alguien que, de modo imparcial, quiere transmitir una realidad con el mismo espíritu, digamos, con el que un naturalista del siglo XVIII describe los animales o las plantas.  Es ésta una deficiencia compartida con la inmensa mayoría de estudiosos de los textos platónicos sobre la Atlántida, que esperan encontrar en la localización que proponen las ruinas de unos canales circulares, de un templo de Poseidón, de unos muelles y dársenas... según la descripción de Critias.  Pero esto es un tremendo error: Platón era un idealista que explicaba la realidad en función de aquellos principios racionales que le parecían los más acertados, a diferencia de Aristóteles, quien no desdeñaba la observación directa o indirecta de la realidad como paso previo para sus formalismos: en efecto, el acercamiento de O'Connell —y de la mayoría de estudiosos de la Atlántida platónica— parace más una exégesis de Aristóteles que del desengañado teorizador de la política ateniense.  Tener en cuenta la intención política de Platón al escribir el Timeo y el Critias no supone caer necesariamente en el escepticismo y en la negación de toda posibilidad de un sustrato físico de la historia de la Atlántida.

En cualquier caso, y accediendo a la obra con oportuno espíritu crítico, creo que se trata de un libro realmente recomendable, a pesar de que no compartamos el resultado de su argumentación convergente.

jueves, 4 de marzo de 2021

De Gibraltar a la Atlántida

Zamarro, P. (2011). De Gibraltar a la Atlántida (La clave está en los estrechos). Ed. electrónica: Paulino Zamarro.

Recientemente he podido leer en versión Kindle —pues no existe edición impresa de esta edición, la segunda— este curioso libro que trata de justificar la ubicación de la Atlántida de Platón en el Mar Egeo.

El resumen de la obra es aproximadamente el siguiente.  Hace unos miles de años África y Europa estaban unidos por el istmo de Gibraltar y el Mediterráneo era una cuenca relativamente vacía, donde el nivel del agua marina era muy inferior al actual y muy inferior también al del vecino Océano Atlántico.  Hacia el año 5500 a. C. dicho istmo se rompió debido a un fuerte seísmo, produciéndose consecuentemente un violento trasvase de agua oceánica hacia la cuenca mediterránea y el Mar Negro (entonces un lago endorreico de agua dulce).  El cataclismo provocó la súbita elevación del nivel del Mediterráneo, de modo que muchos territorios costeros quedaron sumergidos, así como una gran isla situada entre las penínsulas del Peloponeso y de Anatolia, de la cual sólo permanecieron emergidas sus mas altas cumbres, las que hoy conocemos como Islas Cícladas.  El autor identifica diho territorio sumergido con la Atlántida de Platón.

De este libro me parece especialmente valioso el planteamiento geológico: realmente sorprende que, tratándose del hundimiento repentino de toda una isla, haya tan pocos libros sobre la Atlántida que incluyan consideraciones geológicas, a pesar de que ninguna isla se hunde en el mar así como así y sin dejar rastro alguno.  En todo caso, la estructura lógica del libro es muy sencilla: si el Mediterráneo se llena de agua, grandes regiones tuvieron que quedar sumergidas, si bien el autor nos ofrece incluso una serie de cálculos de mecánica de los fluidos para estimar la magnitud del cataclismo para enriquecer su exposición.  La idea, como él mismo admite, procede de la obra El diluvio universal. Nuevos descubrimientos científicos de un acontecimiento que cambió la Historia, de W. Ryan y W. Pitman (Debate, Barcelona 1999; título original Noah's Flood).

La objeción principal que puedo hacer a esta hipótesis catastrofista —hoy, superado el antiguo debate entre catastrofismo y uniformismo, la Geología admite la existencia de eventos violentos, que conllevan cambios repentinos acompañados de súbitas liberaciones de energía— procede de la comparación con una situación análoga que se da en nuestros días: los Países Bajos, que se encuentran bajo el nivel del mar, requieren un drenaje constante para aliviar el agua que aportan los ríos y las filtraciones del agua procedente del Mar del Norte, pues, de lo contrario, acabarían anegados.  Del mismo modo habría que pensar que el istmo de Gibraltar, formado en su mayoría, según el autor, por sedimentos arenosos de composición similar a las dunas de Valdevaqueros y las playas occidentales de Tarifa —por tanto permeables—, dejaría pasar el agua atlántica de forma paulatina hacia el Mediterráneo, alcanzándose el equilibrio hídrico de forma mucho menos violenta.

Sin embargo, a pesar de que la argumentación geológica del libro es discutible, no constituye el error principal de la obra: el punto débil de la misma es, sin duda, el acercamiento filológico.  Para empezar, el autor emplea una traducción mexicana extrañísima de los diálogos platónicos Timeo y Critias —que no cito aquí para no contribuir a su difusión, y en la que, por dar un solo ejemplo, se traduce el nombre de Poseidón por Neptuno— y, aunque en alguna ocasión cita a dos profesores de filología griega a los que pide ayuda para precisar algún punto del texto, es evidente que no apoya su investigación en los textos griegos originales —no digamos ya en una edición crítica—.  Y eso es metodológicamente imperdonable.

El extremo de esta falta de rigor filológico se produce cuando identifica las Columnas de Heracles con los islotes de Pori y Poreti, que no son más que dos salientes rocosos que emergen entre las islas de Citera y de Creta.  Independientemente de que en la Antigüedad en tales islotes existiesen unas columnas dedicadas a Heracles, o incluso de que tal par de islotes se conociese como las originarias Columnas de Heracles —questio disputata, que comentaremos en otra ocasión—, se trata de una absoluta infidelidad al texto de Platón, que, a la hora de localizar la isla Atlántida, haba de una boca o estrecho llamado Columnas de Hércules por los griegos: en Timeo 24e leemos πρὸ τοῦ στόματος, de στόμα, boca o estrecho, que no se aplica sin más a cualquier espacio intermedio entre dos islotes completamente rodeados de agua.  Pues si se trata de navegar por la zona, ¿qué barco se arriesgará a encallar pasando entre ambos escollos, pudiendo rodearlos fácilmente?

Por otra parte, Platón nos dice también en Timeo 25d que, tras el hundimiento de la isla Atlántida, el mar quedó innavegable debido al fango producido por el cataclismo y que se encuentra a muy poca profundidad bajo la superficie; algo que, como sabemos, no se daba en la época de Platón en el Mar Egeo, como tampoco en la nuestra.  Además, parece bastante extraño que el relato de algo que ocurrió en el Mar Egeo, el patio de la casa de la civilización griega, tuviera que ser recuperado por los griegos gracias a los egipcios, como si sus vecinos meridionales tuviesen que contarles la historia de su propia casa.  Parece mucho más razonable pensar que la isla Atlántida se situase en un lugar remoto: es lo que leemos en Timeo 24e, donde se dice que el pueblo atlante marchó sobre varias regiones de Europa "desde fuera, desde el piélago Atlántico" (ἔξωθεν ὁρμηθεῖσαν ἐκ τοῦ Ἀτλαντικοῦ πελάγους), no desde el vecino mar interior —por no decir íntimo— que es el Egeo para los griegos.

En todo caso, y a pesar de esta enorme puerilidad filológica, y de la extrema seguridad del autor, que constatemente subraya el carácter irrefutable y científico de sus argumentos —¿desde cuándo lo científico es irrefutable?—, lo considero un libro interesante, como digo, por el acercamiento geológico al misterio de la Atlántida, aunque las tierras que evidentemente quedaron sumergidas en el Mar Egeo y que el autor identifica con la isla no respondan a la localización que da Platón en el Timeo.  El libro contiene también un curioso capítulo en el que el autor reconstruye —o mejor, inventa— el diálogo Hermócrates, diálogo nunca escrito por Platón y que iba a ser el tercer elemento de la trilogía Timeo, Critias y Hermócrates.  El autor expone en este diálogo su propia teoría sobre la Atlántida por boca de Hermócrates, que responde a las preguntas de Sócrates:

De todas formas, dada la velocidad a la que el hombre está haciendo descubrimientos últimamente, tal vez tengamos ocasión de proseguir esta conversación en otro momento con nuevos datos sobre la Atlántida, aunque como has podido observar, Sócrates, los últimos avances han sido espectaculares y espero que nuestra diosa Atenea nos vuelva a reunir con este objeto, sin que tenga que transcurrir tanto tiempo. (p. 215)

 

Notas:

i) El libro parece ser la segunda edición de Zamarro, P. (2000). Del estrecho de Gibraltar a la Atlántida: (claves que han hecho posible determinar la extensión y situación exactas de la Atlántida).  S. l.: Paulino Zamarro.  Esta vez, sí, edición impresa.


 ii) Una localización idéntica, que sitúa la Atlántida en el Mar Egeo y ofrece mapas en todo similares a los del libro que nos ocupa, se encuentra en Djonis, Ch. A. (2013). Uchronia? Atlantis Revealed.  EEUU: Page Publishing, Inc.  Vid https://www.atlantisislandrevealed.com/ y La Atlántida Desvelada: El Relato de Platón Estaba Basado en un Lugar Real.

lunes, 15 de febrero de 2021

Tarteso. La construcción de un mito en la historiografía española

 

Álvarez Martí-Aguilar, M. (2005). Tarteso. La construcción de un mito en la historiografía española. Málaga: Diputación de Málaga.

Quienes no sabemos Historia pero queremos aprender sobre algún período que nos interesa especialmente tendemos a buscar la seguridad que proporciona algún autor reconocido, a poder ser procedente del ámbito universitario.  Sin embargo, también en la Universidad, como en todas las instituciones culturales, funcionan diversos paradigmas metodológicos y exegéticos, de modo que ningún acercamiento a la verdad histórica —y qué será eso de la verdad histórica— es en el fondo neutral.

El presente libro me parece una lectura muy valiosa para poner de manifiesto precisamente esta diversidad de acercamientos a ese elemento histórico que se llama Tarteso: ¿una civilización histórica?, ¿una cultura material?, ¿un conjunto de mitos griegos situados en el Extremo Occidente?...  Pasa revista a diversas interpretaciones de Tarteso desde los primeros historiadores modernos en la época de los Reyes Católicos hasta los últimos años del siglo XX.

Durante muchos siglos las únicas noticias de Tarteso provenían de las fuentes literarias grecorromanas.  Sólo en los años 50 del siglo XX se empezaron a hallar e identificar algunos elementos de su cultura material, aunque todos de una etapa final que se ha dado en llamar orientalizante, pero no conocemos con certeza elementos de épocas anteriores a la presencia fenicia y griega en la Península.

El debate entre posturas esencialistas, que tienden a presentar Tarteso como la primera y majestuosa encarnación del ser español, autoctonistas, que reivindican en el valle del Guadalquivir una civilización equiparable a las culturas antiguas del Mediterráneo oriental, y difusionstas, que remarcan la influencia orientalizante en la población indígena andaluza, se presenta aquí en orden cronológico y nos deja a las puertas de las discusiones actuales, que pueden resumirse en dos tendencias principales:

* Tarteso como la cultura indígena protourbana del suroeste español que conoce una notable evolución por su contacto con las gentes del Mediterráneo oriental, especialmente los comerciantes fenicios (Aubet).

* Tarteso como la realidad mixta que surge del encuentro entre una población indígena de carácter tribal que evoluciona hacia un nivel protourbano por la necesidad de suministrar metales a los fenicios que se encuentran asentados en no pocos puntos de las costas andaluzas, e incluso en zonas del interior (Wagner).

Una lectura imprescindible para poner orden en todas las publicaciones que podemos leer para conocer con rigor científico esta estapa de la antigüedad andaluza.  Por desgracia, la obra, del año 2005, no puede comentar la evolución de la investigación sobre Tarteso en los últimos quince años, período en el que se ha producido un importante acontecimiento: la celebración en 2011 del congreso "Tarteso. El emporio del metal" en la Universidad de Huelva que reunió a un nutrido grupo de destacados investigadores

Sin embargo, el autor del libro que nos ocupa se encuentra entre ellos: participó con "Definiendo Tarteso: indígenas y fenicios" (en el libro de actas del congreso: Carrasco y Alvar, 2013, pp. 223-246), trabajo que no hace sino confirmar que la tendencia actual tiende a identificar Tarteso no tanto con la población indígena que recibió a los fenicios, sino con la cultura trasnformada por la presencia de éstos, y muy especialmente con la nueva clase dirigente enriquecida por el comercio de los metales —algo muy en consonancia con las imágenes de opulencia con que las fuentes griegas nos hablan de Tartessos—.  El autor, incluso, aboga por la hipótesis de que

el Tarteso de las fuentes griegas y latinas sea el reflejo histórico de las comunidades de origen cananeo establecidas en la Península Ibérica desde, al menos, el siglo VIII a. C., en contacto e interacción, claro está, con la población indígena (Álvarez, 2005, p. 218).

En todo caso, a pesar del gran auge de las tesis pro-fenicias —a tenor de los hallazgos arquelógicos en Andalucía—, y a pesar de la propuesta consensuada que trató de articular el congreso de 2011 ("Manifiesto por Tarteso", en Carrasco y Alvar, 2013, pp. 651-653), Tarteso se caracteriza por una gran diversidad de concepciones y enfoques, y quizá sea esto algo no accidental, como apunta Álvarez:

¿A qué se debe que el contenido cultural, étnico e histórico de Tarteso ofrezca tal grado de variabilidad de concepto y definiciones? Creo que la base del problema reside en las dificultades inherentes al proceso por el cual se dota de contenido —ya sea poblacional, histórico, cultural, arqueológico, cronológico, etc.— a un término tomado de la tradición literaria antigua, cuyo significado original no responde exactamente a ninguno de estos criterios modernos. (Carrasco y Ezquerra, 2013, p. 240)

Tarteso sigue quedando, así, en la confluencia de lo literario y lo arqueológico —y en las últimas décadas, de lo epigráfico—, lo indígena y lo foráneo, y, dentro de lo foráneo, entre las tendencias pro-helénicas o pro-semitas —sin olvidar un posible componente indoeuropeo— en el marco más general del debate entre lo oriental y lo occidental en los albores de la civilización mediterránea.

Un libro indispensable para mí.


Referencias:

* Álvarez Martí-Aguilar, M. (2005). Tarteso. La construcción de un mito en la historiografía española. Málaga: Diputación de Málaga.

* Campos Carrasco, J. M. y Alvar Ezquerra, J. (Eds.) (2013). Tarteso. El emporio del metal. Córdoba: Almuzara.

miércoles, 3 de febrero de 2021

El código secreto de la Odisea

Pillot, G. (1975), El código secreto de la Odisea. Los griegos en el Atlántico. 3ª ed. Barcelona: Plaza & Janés.

El descubrimiento de los restos de la ciudad de Troya por Schliemann tenía que plantear necesariamente la hipótesis de que el otro gran poema homérico también estuviese basado, de algún modo, en hechos reales: en realidad desde siempre se ha tratado de reconocer en los pueblos, pasíses y accidentes que componen la geografía mítica del poema diversos lugares de la cuenca mediterránea.  Incluso ya algunos comentaristas antiguos situarion el viaje de Odiseo en aguas del Atlántico, más allá, diríamos, de las Columnas de Heracles.

En realidad esto es bastante razonable: en la Odisea se habla de mareas desconocidas en el Mediterráneo, y de noches o días de duraciones propias de las áreas cercanas al círculo polar...  Pero, sobre todo, es difícil admitir que un marino experimentado, que ha ido a la guerra de Troya, se pierda en el Mediterráneo —que, como dice un amigo mío, "es un charco"— y no reconozca los pueblos ribereños de un mar que, pocos siglos después, los romanos consideraban como el patio de su casa.

En el libro que hoy nos ocupa, su autor, Gilbert Pillot, no sólo adopta la hipótesis atlántica para el viaje de Odiseo —a quien llama por su nombre latino Ulises—, sino que elabora un preciso itinerario en el que señala uno por uno los lugares visitados por el navegante con precisión extrema.

En la primera parte del libro (hasta el capítulo 4), Pillot, a partir de la navegación de Telémaco por regiones conocidas del Mediterráneo, que se encuentra en los cantos III y IV de la Odisea, se calcula la velocidad de los navíos; con este dato, se estiman las distancias correspondientes a los distintos tramos de navegación —que en el poema se dan en jornadas— por el Atlántico para reconstruir la ruta de Ulises.  Se complementa con una orientación a partir de las constelaciones del Zodiaco, hasta llegar a identificar con sorprendente precisión los distintos lugares que visita.

La segunda parte de la obra, (capítulos 4 a 8) nos narra otro viaje: el que realizó personalmente Pillot por el norte de las Islas Británicas para tratar de comprobar in situ las coincidencias de aquellos parajes con algunos de los descritos por Homero en su epopeya.  Concluye el libro con un extraño capítulo noveno que contiene una sorprendente valoración de Ulises y una graciosa hipótesis sobre un vigésimoquinto canto de la Odisea deliberadamente censurado y eliminado desde la Antigüedad, a partir del precipitado y casi de compromiso final del poema homérico.

Más allá de las localizaciones en extremo precisas que se atreve a proporcionar el autor —y no si esmeradas justificaciones, por cierto—, lo que nos parece más valioso de esta obra es la explicación en términos económicos —de sabor muy marxista— que se hace del viaje de Odiseo: se trataría de la descripción —en clave, para que solamente los iniciados puedan conocerla— de una ruta hacia las Casitérides —islas habitualmente identificadas con las Islas Británicas— que trataría de romper el monopolio tartésico sobre el comercio del estaño en el Meditérráneo: se trataba de conseguir el estaño por sí mismos, sin otros intermediarios.  Así, por ejemplo, Pillot explica que, tras pasar por las Columnas de Heracles (Estrecho de Gibraltar), la expedición navega hacia el sur, para evitar el territorio tarteso, hace escala en Canarias y sube hasta tierras británicas aprovechando los vientos y las corrientes de la zona.

No sabemos si esta explicación —que no nos parece mal elaborada— será cierta.  En todo caso, consideramos que hoy podemos afirmar que lo que hay de trasfondo real en el poema homérico puede describirse como un conjunto de tradiciones marinas —tanto mediterráneas como atlánticas— elaboradas en distintos momentos por diversos autores o comunidades, y que ulteriormente fueron compiladas en la unidad de un poema épico por Homero —a quien Pillot siempre nombra entre comillas, por lo discutido de su figura y de su autoría; no entraremos aquí, desde luego, en la cuestión homérica—.  De este modo, entendemos el contenido de la Odisea del mismo modo que hoy se emplican antiguos libros, como los del Pentateuco bíblico, como una compilación de tradiciones que convergen finalmente en una compilación en forma de relato protagonizado por un personaje destacado (Abraham, Moisés, Aarón...); en nuestro caso, convergentes en la figura de Odiseo, a quien se convierte en protagonista de todos los relatos reunidos en una sola gran aventura.

En todo caso, reconocemos en El código secreto de la Odisea un intento loable de fundamentar la tesis atlántica para el viaje de Ulises, aunque aceptemos aquí una versión más atenuada —compilación de tradiciones marinas, no todas necesariamente atlánticas— y no podamos pronunciarnos sobre la motivación económica o comercial que defiende el autor.  Por lo demás, el libro está escrito en un estilo directo que contiene mucha información sobre el proceso que siguió el autor durante sus investigaciones, lo que hace amena la lectura incluso en aquellas partes en que nos abruman las cifras y los cálculos geométricos que expone detalladamente.  Delicioso, en este sentido, el relato de su propio viaje en busca de los lugares de la Odisea por tierras británicas e irlandesas.

martes, 2 de febrero de 2021

Los dioses de los tartesios

Tejera Gaspar, A. y Fernández Rodríguez, J. (2012). Los dioses de los tartesios. Barcelona: Bellaterra.

Entre los arqueólogos e historiadores se encuentra abierto el debate sobre a qué se puede llamar Tarteso: si exclusivamente a la cultura que surge en el suroeste de la Península Ibérica (s. l.) como respuesta a la llegada de los fenicios unos mil años antes de Cristo, o a la cultura autóctona que se encontraba en el lugar antes de su llegada y que sufrió notables transformaciones tras el contacto con ellos.  En genreal, suele admitirse que el Tarteso que conocemos gracias a las fuentes literarias grecorromanas —siempre muy tardías— y a la cultura maneterial  —prácticamente toda de la época de influencia fenicia— es la primera de las dos opciones mencionadas: Tarteso sería, pues, la civilización del suroete peninsular bajo la influencia —sin duda recíproca— de los fenicios que por aquí se establecieron.

Por ahora no se han encontrado elementos arqueológicos materiales que se adscriban indiscutiblemente a dicha época remota, de modo que el estudio de la civilización previa a la llegada fenicia es realmente difícil, cuando no imposible.  Y si se trata de saber algo sobre la cultura inmaterial de aquellos pueblos, el problema parece casi irresoluble.

Pues este es precisamente el terreno sobre el que trata de arrojar algo de luz el presente libro.  A partir de un esquema, ya clásico, que Dumézil propuso para las religiones indoeuropeas, y a través de la comparación con otras sociedades antiguas mejor conocidas del ámbito mediterráneo y europeo, se propone una nueva lectura de los signos e imágenes que encontramos en la ya notable colección de estelas recuperadas en el área identificada como territorio de la civilización tartesia y en sus áreas periféricas: una lectura de tipo religioso y cultual, de modo que, a partir de los símbolos y las escenas que contemplamos en las estelas —normalmente datadas en el período orientalizante—, se postula cómo pudieron ser las creencias (dioses, mitos, escatología) y el culto de los pobladores de la cuenca del Guadalquivir durante el segundo milenio antes de Cristo.

Naturalmente, todas las conclusiones del libro, a pesar de contar a su favor con el sólido marco duméziliano y con las conexiones con otras religiones y mitologías mejor conocidas, no llegan a salir del campo de lo hipotético, y es muy loable la exquisita prudencia y la coherencia metodológica, verdaderamente admirables, que demuestran los autores, pues ellos mismos advierten sobre la interinidad de su propuesta hasta que los estudios avancen y aparezcan nuevos datos.

Por eso, y aunque se trata de un trabajo perfectamente técnico, no podemos dejar de recordar aquella sugerente afirmación de Aristóteles: la poesía es superior a la historia, porque la historia cuenta lo que fue, mientras que la poesía cuenta lo que podría haber sido (cf. Poética, 1541b).  Pues sí: todo lo que se cuenta en este precioso y valiente libro podría haber sido.